LA ACTUALIDAD
DE CARLOS FUENTES
Por Raúl
Miranda Rico (*)
No es que se nos haya ocurrido establecer lo ya
establecido, en relación a la irrupción de una obra conmemoratoria en
nuestro ambiente literario, siempre ávido de las novedades que lanza la
incansable actividad editorial. Lo cierto es que el nombre del autor
mejicano que periódicamente acapara la atención del lector, por este y
otros motivos, está vinculado también al recurso a que la opinión
pública echa mano en su afán de conmemorar fastos y eventos de notorio
nivel. Para que esto sea así, desde luego que sobran razones: su
carisma, su prestigio, los quilates de su conciencia latinoamericana y
su estilo, entre otras cosas.
Para proclamar esas cualidades, nada mejor que
revisar la lista de premios a él discernidos durante su dilatada
carrera y mencionar –aunque sea de pasada—su impresionante
bibliografía: Premio Nacional de Literatura de México (1984), Premio
Cervantes (1988), Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua
Española (2001) Premio Real Academia Española de Creación Literaria
(2004) En el campo de la diplomacia, fue embajador de México en Francia
entre 1974 y1977. Pero lo que abrillanta su figura es la textura y
vastedad de su producción literaria que consigna –en uno de los géneros
que fue siempre de su preferencia-- una docena de novelas, entre las que
destacan La Muerte de Artemio Cruz, Aura, Terra Nostra, El Gringo
Viejo, Relaciones Distantes, Donde el Aire es Claro, Ún Cambio de Piel,
Constancia y otras historias para Virginia, el Espejo Enterrado, La
Región más Transparente y la última
Adán en el Edén.
Sugeríamos que una buena manera de conmemorar o de
subrayar un gran acontecimiento, ya sea histórico o cultural, es la
apertura de espacios para la meditación y la reflexión, antes que para
el simple recuerdo. Y ello se logra más fácilmente, con la creatividad
y el talento vertidos en un enfoque específicamente destinado al
tributo. Tal enfoque, con miras a perpetuarse y perdurar, puede tomar
la forma de una obra editada que encare el acontecimiento desde una
doble perspectiva: la de su significación en el tiempo y momento en
que le tocó transcurrir, y la de su peso y notoriedad
histórico-literaria en la instancia que le confiere la actualidad.
Eso fue justamente lo que sucedió con el novelista
mejicano que a despecho de una pausa producida en su carrera vuelve a
la actualidad con dos ediciones importantes de la última década, como
lo son la que conmemoró el V Centenario del Descubrimiento de América
(1992) y otra que recientemente fue lanzada a la circulación con
motivo de celebrarse su octogésimo cumpleaños, en un evento editorial
que ha motivado el beneplácito unánime de sus lectores, de instituciones
como la Real Academia Española amén de los círculos literarios de su
país. Ambos se vinieron sobrecargados de significado, cada uno en su
respectivo campo. El primero, sumando a su trascendencia histórica un
inesperado elemento de tensión político-social, reavivó
inesperadamente viejas controversias, en tanto que el segundo, reafirmó
gallardamente una ponencia que plantea y balancea el equilibrio de las
cualidades con la pureza de la cultura y la sana diversidad que ostenta.
En
ambas circunstancias, medió la pluma de Carlos Fuentes respondiendo a la
unánime convocatoria que, por cierto, no le faltó cierto sentido de
universalidad previo el engrosamiento de la bibliografía latinoamericana
producido para beneplácito de los numerosos adictos a su enjundioso
estilo. Su novelística y su dilatada obra histórico-social crecieron con
la edición de dos obras emblemáticas suyas, habiendo cumplido con
largura y pertinencia, el papel que se les confirió. Nos referimos a
El espejo enterrado y La Región más Tranparente. La primera,
editada en 1992 y la segunda, en una versión renovada de 2008
celebratoria de los 50 años de su primera edición de 1958.
El V Centenario del Descubrimiento de América será
recordado —por lo menos en el mundo literario Hispanoamericano— por los
planteos históricos, sociales, políticos, económicos y también
anecdóticos de El Espejo Enterrado, que vio la luz bajo el
doble signo de la verdad histórica, por cierto bien preservada, y el
de la controversia rápidamente desatada por un exacerbado culto a la
tierra y sus tradiciones, sin olvidar sus necesidades y carencias. Hay
que puntualizar que ese sentimiento no nace en las páginas del libro,
sino que estas reflejan el que experimenta el hombre nacido por debajo
de la raya —frontera con EE,UU— y llega hasta el Cabo de Hornos,
pasando por El Caribe.
Más que una posición definida diríamos que se trata
de un acto de protesta y una tardía reclamación, surgida en consonancia
con el espíritu de justicia que propenden imponer el común de las
gentes, al estímulo de las incongruencias sociales y económicas que
generaron la política colonial, cuya motivación esencial radicaba en la
extracción y aprovechamiento de los recursos que ofrecían las feraces
tierras de esta parte de Océano. Huelga decir que quedaba en un segundo
plano el “status” del nativo, que siempre anduvo en el limbo del sub-desarrollo,
con toda su carga de carencias. Huelga decir que el advenimiento de la
independencia, no cambió sustancialmente estos aspectos surgidos en el
periodo colonial, pudiéndose decir que los efectos de la política de ese
periodo, se proyectaron sobre el destino de los países de la región, en
las puertas mismas de la etapa republicana. De ahí surgió la pregunta
más incisiva de la época, justamente en conexión con el V Centenario del
Descubrimiento. Este aniversario ¿es realmente motivo de conmemoración
y de júbilo para Latinoamérica?
Hay un factor que aligera la pesantez de la
situación así creada. Y es que si bien política, social y
económicamente no hay mucho que celebrar, si podemos hacerlo de alguna
manera desde el punto de vista cultural, pues las tradiciones nativas
con su música, sus arte y su culto al pasado prehispánico, no solo que
han sobrevivido con caracteres de pureza, sino que se han combinado
con elementos de raigambre hispánica. La hibridez a que dio lugar, ha
trazado un perfil cultural difícil de ignorar para la etnia, a pesar y
a despecho de la pureza pre-colombinas ostentada en su fisonomía
auténticamente nativa, que quizá viene de los mismos días en que nació
la civilización.
“Pocas culturas en el mundo” dice Carlos Fuentes
“poseen una comparable riqueza y continuidad. .Nosotros los
hispanoamericanos podemos identificarnos a sí mismos, a nuestros
hermanos y a nuestras hermanas. Es por eso que nosotros encontremos tan
sorprendente el que hayamos sido incapaces de establecer una identidad
económica y política. Sospechamos que las cosas ocurrieron de esa
manera debido a que hemos impuesto sobre nosotros mismos, con
demasiada frecuencia, modelos de desarrollo escasamente relacionados
con nuestra realidad cultural”.
La edición conmemoratoria de La Región más
Transparente, de Carlos Fuentes, editada por la Asociación de
Academias de la Lengua Española, realza y complementa la
responsabilidad asignada al autor de La Muerte de Arsenio Cruz, a
través de su reencuentro con la creatividad y el ansia de proseguir con
la faena que su talento y su espíritu decidieron llevarlo por los
caminos de Terra Nostra o del Viejo Gringo. Ellos, que en
verdad no fueron fáciles de transitar, lo condujeron directamente a
este de la Región más Transparente que, a no dudarlo, causará
gran impacto en los círculos literarios y en el gran ambiente cultural.
El libro que marca una especie de “re-entré’ para el
autor, debe ser recibido en ese contexto y si bien no estamos aún en
posibilidad de interpretarlo de pe a pa, o de realizar un análisis
textural de su contenido, lo estamos en el sentido de considerarlo como
un gesto que describe un momento y una postura .El momento, sería el que
vive el hombre transitando un crítico tramo de su vida de escritor, no
por tratarse de un acercamiento a un límite impuesto por el tiempo,
sino porque probablemente él ya ha cumplido una de las misiones que
seguraemente el mismo se impuso. En cuanto a la postura, seguros
estamos que ella fluye de su ideología, de su conciencia, de su
espiritualidad, de su integridad y de su amor a la belleza y la verdad.
Muy parecidos a estos conceptos son estos que expresa
Ricardo Gutierre Mouat: “…la posibilidad de leer y totalizar una
práctica literaria abarcadora de casi tres décadas y varios libros ….no
significa el apoyo a una posición dogmática según la cual la misión
del lector o estudioso tendría que ser la búsqueda de la “unidad” de la
producción literaria de un autor, de una época o de una tradición
nacional…” Puntualicemos, a renglón seguido, que el caso de nuestro
escritor -- desde luego no es a él a quien se refiera Gutierrez Mouat--
no admite dogmatismo alguno en la ecuánime y flexible estructura de su
pensamiento, quedando claro que en verdad debiera hacerse una aludida
búsqueda de unidad para sortear las disidencias.. De uno u otro modo, a
este punto del análisis se llegaría, después de considerar globalmente
la obra de Fuentes, cosa que en estos momentos escapa de los límites
impuestos por el carácter de esta nota.
Por contrapartida, nos complacemos en reconocer
--como también lo hacen muchos de sus lectores-- que esos libros
acrecientan de manera adecuada y demostrando gran visión, los límites
de la bibliografía latinoamericana. En el mismo sentido, el autor y su
ideario le ponen el hombro gallarda y oportunamente, no solo por abordar
con honradez y sagacidad, temas específicos que a todos nos
interesan, sino porque realmente aquella anduvo por espacios algo
improductivos desde los ya algo lejanos tiempos del “boom” Resulta dable
contar, para ilustración del criterio contemporáneo, que ese trabajo lo
hace con ayuda de un espejo enterrado –valga la expresión-- en el fondo
mismo de la problemática narrativa, de la temática latinoamericana y de
cualquier otro asunto que él haya abordado, de modo que las imágenes
suben clarificadas y enaltecidas por la luz de la realidad y de la
verdad, acaparadas, de otro modo, por la tradición, cuando no por la
leyenda y la imaginación. Con la clara intención de abrillantar el
sentido del homenaje y cortejar el afán de proyectarse hacia otra etapa
de productividad –al parecer todavía lejos de las postrimerías de su
carrera—Carlos Fuentes, gran vate mejicano, se pone al día con la
actualidad para irrumpir en ella con vigor, estilo y prestancia. \
(*) De
la Academia Norteamericana de la Lengua Española.