Se ha silenciado la voz de un gran poeta, polígrafo,
lingüista y humanista. Odón Betanzos Palacios, perteneció, como poeta, a
la estirpe de los grandes de la lírica hispana contemporánea porque su verbo era
reminiscente de lo justo, lo trascendente y lo perdurable. Como lingüista,
idealizó e idolatró a Cervantes, clamando por la pureza y el reinado de su
lengua. Como humanista, al conjuro de su pluma impulsando su pensamiento,
se propuso hermanar el mundo hispánico atesorado de tradición y sabiduría
ancestrales, con el mundo globalizado de nuestros días. Lo hizo tanto en
su niñez y juventud desde su nativa Rociana del Condado, como en su apogeo
intelectual desde su reducto neoyorquino, allí en la capital del mundo
occidental, donde desplegó, contrito o alborozado, su vibrante lírica
propalando, al mismo tiempo, persistente o reiterativo, su fornido
pensamiento.
No sabría decir si su verbo explayado a lo largo de
varios volúmenes –con frecuencia dotado de inconfundible acento universal–
sobrepuja, en su integridad, a la voz ecuánime y admonitoria del atildado
analista de nuestro acervo lingüístico o al aguerrido defensor del uso del
castellano en los Estados Unidos y el mundo anglosajón. Sin olvidar su señera incursión sobre la narrativa, aunque
solo hubiera sido a favor de una solitaria pero original obra de ficción,
la titulada “Diosdado de lo alto”, que dentro de su obra en prosa
es completada, primero, con la tesis doctoral sobre la obra poética de
Miguel Hernández
y luego por Algún día en el alba, una obra de
teatro poco conocida, pero igualmente significativa para su producción en
prosa. Por esta triada de inconfundibles elementos de su personalidad, su
aporte a la cultura hispano-americana se perfila con especiales
connotaciones. No debemos olvidar que también lo hace a favor de su
proyección estilística, singular por su simpleza, por su rectilínea
dinámica y por su generosidad en el momento de decir la verdad.
Debo puntualizar que, al margen de este homenaje –un
tanto circunstancial, si se quiere– nunca dejé de aprovechar, antes de
ahora, oportunidad alguna para señalar y ponderar la calidad de tal
aporte, cumplidamente entregado por el colega, el hombre público, el
escritor y el amigo, y eso no solo en el foro académico, en la tribuna
universitaria, sino también en la calle y, más sostenidamente, desde las
páginas de la publicación literaria y cultural que dirijo en su versión impresa. Gaceta Iberoamericana, publicada aquí en la culta
Capital de los EE.UU. ha recibido, con largueza, el aporte de los
inesperados giros de su imaginación, así como sus inconfundibles y serenos
juicios sobre el destino de nuestras letras y de nuestro idioma. Odón
transmitía, para sus lectores los vastos alcances de sus ideas, a través
de la reciedumbre de su prosa o los raptos de su inspiración, a través de
la cadencia de sus versos. Era uno de sus más firmes y valiosos
colaboradores.
La deuda de la cultura Hispanoamérica a este hombre, es
apreciable, y resulta difícil el trabajo de deslindar la verdadera
proyección de cada uno de sus aportes, en terrenos tan fértiles por los
que transitó con paso tan firme, con tanta autoridad y versatilidad. Así,
resulta más difícil aún, el asignarle el verdadero papel que desempeñó
para la definición de los valores de la hispanidad a que se abocó desde
siempre. Ese deslinde, quizá muy intelectual, pero algo subjetivo y no
exento de cierta carga emotiva, me lleva a ponderar –en esta hora
reservada al homenaje y el reconocimiento– la ingente obra poética
“odoniana” que un biógrafo suyo la bautizó de “fascinante” en su
fecundidad admonitoria. Casi toda ella, es un torrente versificado, que
resuma el elemento odoniano del dolor sin paliación, para ofrecer una
infinita gama de matices enraizados en la fatalidad, tal como lo sugieren
estos versos de tinte metafísico:
“Yo soy la voz que pregona las edades,/ el camino
que traza su llegada,/ la voz del viento en sus anchas avenidas,/ el
adelantado al Verbo./ Solo estaba y solo siento, Dios conmigo:/ el renace
su voz y sus intenciones;/ sólo digo su misión, su llegada, sólo
advierto,/ bautizo su nombre,/ doy ojos, palabras, intenciones, aliento”.
O como estos otros, esencialmente humanos, escritos en
la instancia autobiográfica de desnudar el alma dolorida del padre que
pierde trágicamente a su hijo:
“Sálvame, Señor, del horror oscuro/ de morir con los
ojos en mí mismo./ Mi hijo se me fue y se llenó el abismo/ de pensar y
pensar su muerte muro”.
En Las desolaciones, que viene a ser su último
volumen de versos, publicado en noviembre de 1999, su lírica se tiñe de
púrpura, por así decirlo, mientras los acentos doloridos trasmontan las
colinas de la imaginación, para indagar y rebuscar lo que hay más allá, lo
que la muerte deja tras de sí, sin revelar ninguno de sus misterios. Aquí,
los versos fluyen como en casi todo lo que salió de su pluma, al impulso
de una patética tentativa de paliar las angustias de ignorarlo todo, de no
hallar respuestas a preguntas fundamentales y dejar que la duda se
sobreponga a la esperanza. Es por ello que el sustrato de la lírica
odoniana ronda por allá, por los meandros de la metafísica, invocando a
Dios en todas sus instancias, o como él lo dijo:
“Por la soledad de la nada venía la sombra;/ se
enteró cuando volvió la espalda y se la encontró de cara./ Y la muerte
tenía ángulos de seriedad, razones guardadas,/ / vidrio de frialdad, cara
de separaciones./ Y el hombre de las edades se dijo ¡Ay, así es, aguante/
y meditó en sus imposibles esperanzas”.
Es en este constante trajinar y este intento de
trasmontar las sucesivas barreras del conocimiento, de la emoción y la
percepción, que Odón Betanzos Palacios desparrama su verso, dando rienda
suelta a su creatividad, engalanando el verbo y la vida, cortejando a la
muerte y la fatalidad, dialogando con el Creador, invocándolo y
postrándose ante él de hinojos.
Por todo ello y por lo que quizá no capta mi
percepción, la lírica de Betanzos Palacios , colma la poesía española
contemporánea de vibrantes expresiones y me hace pensar que el rocianero
--Hijo Predilecto de Rociana del Condado, Andalucía-- es uno de los vates
más representativos de su generación. Que lo diga esa fecundidad y
profusión poemática, reunida en lo que se ha llamado Antologías, en sus
tres instancias: Santidad y guerrería, Hombre de luz y La mano
universal.
Por otro lado, la literatura generada en Estados
Unidos, se enriquece con el aporte que deja el poeta, el prosista, el
columnista y el ensayista. De hecho, la mayor parte de su obra vio la luz
en los Estados Unidos. El espíritu de “Dios dado de los alto”, la
única novela que nos dejó, junto a algunos otras expresiones en prosa,
llena ese espacio de la narrativa que quizá hubiese esperado algo más de
la creatividad de este escritor, cuya pluma se complace en mostrarnos, al
margen de la rima y la cadencia, la variedad de su percepción y la
verdadera dinámica de su pensamiento.
La figura del vate andaluz, cobra presencia y se
agiganta cuando tratamos de aquilatar la obra por él desplegada en su
calidad de Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
En su dilatada gestión –le sucedió al fundador Carlos F. McHale, en 1978–
condujo los destinos de la docta Corporación, con dotes de visionario, con
soltura, con iniciativa, con talento y también, con arrestos de luchador.
En un medio difícil donde el español sufre los embates de la intolerancia,
los intentos de posponerlo o relegarlo, él emprendió la dura tarea de
mantenerlo vigente, velar por su buen uso y atesorar su pureza léxica.
Triple tarea que se convirtió en postulado, pues fomentó el trato
académico del español, con afanes de lexicólogo, no solo entre los hispano
hablantes, sino entre los extranjeros. No solo a nivel comunitario, sino
más allá de esos límites. Dotó a las diferentes comisiones de la Academia,
para que se cumpla este cometido. Impugnador del “spanglish”, se esforzó
porque se luche contra esta práctica que desvirtúa y adultera ambos
idiomas, tanto desde el punto de vista gramatical, como semántico.
Trasmitió sus preocupaciones sobre este y otros problemas lingüísticos, a
nivel de docencia –escuelas, colegios, Universidades– y también a nivel
familiar, estimulando la necesidad de que el uso adecuado y cotidiano de
nuestro idioma, comience en casa.
Bajo su gestión, la Academia Norteamericana amplió su
radio de acción y experimentó un notorio crecimiento, con la incorporación
de numerosos académicos procedentes de los países hispanohablantes y otros
radicados en los Estados Unidos. La Norteamericana, correspondiente de la
Real Academia Española y miembro destacado de la Asociación de Academias
de la Lengua Española, dispersas en Sur y Centro América, El Caribe y el
viejo continente. En otro aspecto, crecieron los vínculos con las
mencionadas corporaciones académicas, miembros de la Asociación. Bajo su
gestión se cumplieron varios eventos académicos organizados por algunas de
las mencionadas Academias y la propia Real Academia. El
organizado por la Academia colombiana y llevada a cabo en Medellín (2006),
contó con el siempre pertinente aporte de Betanzos Palacios que hizo
escuchar fuertemente nuestra voz –la de la Academia Norteamericana–
entregando su contribución para la cristalización, entre otros, del
proyecto de la nueva edición de la Gramática Española, que ya ha llegado a
buen término.
La Academia Norteamericana de la Lengua Española está
de duelo, en estos momentos acusa la gran pérdida que significa la partida
de su Director, y entiende que el mejor homenaje que se puede brindar a su
memoria, es propalando su pensamiento lírico, esparciendo la simiente de
su verso, así como cumpliendo los preceptos de la esforzada obra léxica y
lingüística que dejó, como un legado para sus congéneres hermanados por la
lengua castellana.
Como todos sabemos, poco después de su fallecimiento,
hace ya muchas semanas y después de recibir el postrer adiós de sus
familiares, colegas académicos, alumnos y amigos, los restos del
entrañable amigo fueron trasladados desde la ciudad de Nueva York, a su
ciudad natal, Rociana del Condado, España, donde recibieron cristiana
sepultura. El ceremonial se efectuó en medio de demostraciones de afecto,
respeto y admiración brindadas por la contrita familia doliente y sus
contritos coterráneos. Desde aquí yo había exclamado tratando de adivinar
el momento en que su tumba fue sellada:
“Odón: ¡Que el manto del Señor, a quién siempre amaste
y respetaste, te cubra cuando te sitúes a su vera para disfrutar del
eterno descanso que te mereces!
(*) De la Academia Norteamericana de la Lengua
Española.