Pautas de la Narractive Contemporánea en Estados Unidos

                                                                    


PAUTAS DE LA NARRATIVA CONTEMPORANEA EN ESTADOS UNIDOS

Por Raúl Miranda Rico (*)

 

La profusión y el número no siempre significan calidad y esta máxima se aplica a diversos campos de la actividad creativa. En el de las letras –valga el ejemplo– un flujo de producción importante y consecuente, no siempre lleva en la consolidación de una corriente, por decir lo menos, tampoco desemboca sueltamente en la cristalización de ponencias, pautas o corrientes estilísticas. Para que ello ocurra, generalmente se hace necesaria la presencia, ya sea sistemática o aleatoria pero siempre vital, de la chispa generadora de lo genuino, íntimamente unida a lo trascendente de la idea y lo auténtico de la forma, sin evadirse de los parámetros de la estética.

 

El caso de la novela norteamericana de comienzos de Siglo a esta parte, viene a plantear una suerte de confirmación a este adagio, al propio tiempo que una excepción a la socorrida regla que preconiza. Veamos porqué.

 

Antes que nada, se debe dejar establecida la influencia de esos factores ajenos a la narrativa que suelen incidir –ya sea positiva o negativamente– en el proceso de su consolidación. Su determinismo, en el caso del proceso literario que encaramos, es notorio y no se le puede negar protagonismo. Ahora bien, la narrativa norteamericana contemporánea, arranca del momento en que la nación se enfrascó en la batalla por lograr su verdadera identidad, tomando en cuenta el hibridismo social –al margen del factor inmigratorio que empezó a pesar como algo ligado a su origen– al que se sumó el factor de la esclavitud, pronto a ventilarse en una cruenta guerra civil. Menuda problemática social que, como consecuencia casi inmediata, pesó no sólo en la actividad literaria, sino en la cultural, globalmente considerada. La influencia anglosajona que le venía de cajón, por sobre la influencia de otros grupos étnicos minoritarios, no impidió que allí se forme una conciencia nacionalista, no del todo alejada de los otros factores raciales en juego. Así se compaginó el rótulo cultural que empezó a ostentar el americano, orgulloso de la nueva sociedad que asomaba en el horizonte. Previamente, vino la consolidación en el campo político, como consecuencia del ordenamiento impuesto por la capacidad expansiva del coloso en ciernes y fue algo después que la imagen cultural cobró perfiles netos, después que fuera definida y clarificada la cuestión social y luego que fuera, a su vez, definida la proyección de la nacionalidad en el mapa.

 

Contemplando el panorama literario global y el de la novela en particular, se percibe, de primera mano, la clara influencia ejercida en esta por aquellos avatares político-sociales, al transmitirle aquellas dudas y tropiezos que de comienzo desdibujaron su imagen. El porqué y cómo, quizá podrían vislumbrarse si retrocedemos un poco en el tiempo, para citar al mismísimo romanticismo, que en la Europa de sus mayores, marcó el zenit de las euforias emocionales, generando un torrente literario que inundó las letras y otras manifestaciones similares con Victor Hugo o Charles Dickens, para citar un par de autores. En Estados Unidos, sólo hubo un tímido atisbo despersonalizado e incoloro con Longfellow y Stowe y hasta con Nathaniel Hawthorne. Incluso, ahí está la célebre “Cabaña del tío Tom” como expresión testimonial de las complejidades encaradas por la sociedad norteamericana, con su heterogeneidad, unida el problema del esclavismo. Beecher Stowe, enfatizó en esto último, lanzando importantes interrogantes sobre el destino de esa sociedad. Veremos posteriormente que esto último constituyó, para la novela norteamericana contemporánea, una especie de imperativo textural antes que simplemente temático.

 

Se puede decir, sin pensarlo dos veces, que la novela contribuyó con ciertos acordes a la tónica general del himno que entonaba la nación al pionerismo, con las consignas de la marcha masiva hacia el oeste y, figuradamente, el himno a la conquista de otros valores no palpables, pero igualmente trascendentes. Ninguna de la facetas del espíritu norteamericano se libraron del peso de este factor, y así de pronto, la novela se vio confundida entre relatos dotados de fuertes acentos épicos, en un claro intento de cantar adecuadamente al espíritu de conquista en su más amplio y bivalente sentido.

 

El entramado íntimo de las expresiones novelísticas contemporáneas, en Estados Unidos, reconoce esos antecedentes y por eso su fisonomía se ilumina exteriorizándolo a través del canto a las generaciones que conformaron la nueva sociedad. Allí son perfectamente identificables, las notas agudas con que se intenta delineas su linaje polícromo, su vocación conciliadora en la lucha racial y cultural, además de su natural respeto a los valores positivos de la vida. A partir de ese momento, la novela –más como vehículo que como finalidad– se movió dentro de un esquema ideológico positivista, con la plena aceptación de los destinos del nuevo hombre americano, que acabó de emerger de en medio de los avatares y sobresaltos que mecieron su cuna. Los novelistas norteamericanos del Siglo XX, adoptaron una posición que va rondando alrededor de las interrogantes ideológicas y también de las materialísticas, con una insistencia que abarca el periodo de dos guerras mundiales, una crucial guerra fría y la actualidad. Una de las preocupaciones reiterativas, es la suerte del nuevo prototipo creado por el nuevo estilo de vida, y la nueva concepción de la modernidad,  donde se ventilan las virtudes o fallas del sistema norteamericano aplicable al plano universal. Este no es solo asunto temático para los novelistas norteamericanos y, por extensión, de los de más allá, como que al superarse el periodo de “la denuncia” extraliteraria o social, la novela norteamericana cobró otra dimensión, cuyos antecedentes están, mayormente, en Faulkner, Wallace y Fitzgerald.

 

Diciéndolo de otra manera, la narrativa estadounidense en este periodo, salió de los ámbitos domésticos, incluida la cuestión del pionerismo, para proyectarse más allá de sus fronteras. Al fin y al cabo, los problemas del hombre norteamericano asociados o derivados del ordenamiento que impone la época –por no decir la moda– son prácticamente los mismos, en nuestros días, para el hombre de cualesquier latitud.

 

Con tales elementos en su entramado, empezó a delinearse una fuerte corriente novelística cuyo perfil algo anguloso y discordante para el gusto de la época, parecía impresionar como algo recio e inmutable, con miras a la posteridad. Pronto surgió la radiante presencia de un puñado de autores estadounidenses, paradojalmente afincados en Europa, nada menos que en París, ciudad considerada en esos días por muchos –comienzos de la década de los treinta– como antinómica del espíritu americano. El grupo, llamado a imprimir sus huellas en la narrativa norteamericana de las siguientes décadas, hasta nuestros días, estuvo constituido por autores que provocaron , y siguen haciéndolo, fuertes resonancias en toda la novelística contemporánea Se trata de John Steinbeck, el de Camaradas errantes, El pony colorado, y Las praderas del cielo, trilogía que destacó netamente de entre las demás obras del autor, sin que se deba dejar de mencionar las famosas Viñas de ira, llevadas al cine en los días de auge de Hollywood.

 

Está luego William Faulkner, dramaturgo antes que novelista, que, ostentando el Premio Novel de Literatura 1942 aportó con una brillante trilogía –Santuario, La paga de los soldados, y El sonido y la furia– de una manera efectiva a la emergencia y reafirmación de la llamada escuela americana, empeñada en imponer un estilo y un ideario basados en una nueva interpretación de la realidad cultural y social del momento. Esta última es, a no dudarlo, notable tanto por su original tema, como por la influencia que acusa de El Ulyses y, para muchos hasta de Emilio Zolá, seguramente por ciertas reminiscencias naturalistas que se asoman en sus páginas, fruto de un afán descriptivo detallista y pormenorizado del entorno.

 

Durante esos auspiciosos días para la literatura americana, se vinculó al cenáculo e los pioneros, James Joyce, aquel formidable bohemio y “poeta maldito” –así calificado en un claro intento de vincularlo a Verlaine– que acababa de publicar el citado Ulyses, “la mayor de las obras novelísticas de habla inglesa” de este periodo. Fue acogido en el grupo en su calidad, no de americano, sino de “amigo irlandés a medias”.

 

Otro cofrade del movimiento fue Ernest Hemingway, hispanófilo por vocación, pero yankee ciento por ciento por su estilo de vida, pero mayormente por su fe en el papel y destino del nuevo hombre arribado a la tierra de sus mayores. Autor de Adiós a las armas, notable relato ficcional que escribió al término de la I Guerra Mundial, como un convincente y emotivo alegato contra la guerra, de gran impacto en los días de la Liga de las Naciones.

 

Completando este brillante puñado de arquitectos literarios están John dos Pasos, Eugenio O’Neil, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y algunos otros , que escapan a la memoria, En conjunto, formaban un auténtico cenáculo medio bohemio por la evocación de Murguer, medio burgués por las naturales proclividades del genio yankee a los goces de la vida. Al decir de Ricardo Paseyro, la cofradía fue convocada por insistentes requerimientos de Ezra Pound, autor de XVI Cantos –una expresión más lírica que narrativa– a cuya iniciativa se dio la “señal de la invasión” americano-literaria al París de los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Hay que anotar que, en realidad, fue un personaje femenino el que aglutinó el heterogéneo conjunto. Se llamó Sylvia Beach, y su nombre lo recogió la historia y la anécdota, por su papel en el cenáculo, que fue efectivo al brindar su librería llamada Shakespeare y Cía, como sede y guarida del grupo de escritores. Allí se comercializaban las publicaciones que acogían los escritos de los autores americanos, tales como The Palestra, The Exile, Transition, que contienen alguna “joyas” de esa producción. Según expresión del ensayista J. J. Turner recogida por Silverio Coy, esta experiencia –la del aporte del grupo a la novelística americana– “ha quedado íntimamente entretejida en los entramados del pensamiento americano”. Además, ese determinismo, el de la narrativa americana, viene a evocar, en un plano ciertamente diverso, pero no carente de efectividad, la imagen de los pioneros que edificaron la incipiente unidad nacional, fracturando la inviolabilidad de las posiciones foráneas, así como se fracturan en nuestros días los dogmatismos del Siglo XX.

 

Como los abetos californianos, la entroncada narrativa norteamericana de esos días –no muy lejanos en la perspectiva literaria– emitieron ramas y renuevos. Una vez que la narrativa y la ficción pudieron aflojar los ligamentos mediatos e inmediatos, como la hibridez cultural, la recomposición social consecuente con la diversidad étnica y la demasiada enfatización en sus consecuencias proyectadas a la vida real, la producción se hizo más fluida, más natural. He aquí que en el curso de la búsqueda, y a renglón seguido, nos tropezamos con una nueva eclosión novelística dotada de la misma dinámica, pero con variantes conceptuales e innovaciones estilísticas que tomaron cuerpo. El impresionante caudal de producción ejerce un extraordinario impacto, y se refleja en los formidables tirajes que cubren las imperiosas demandas de los modernos lectores.

 

La nueva narrativa se ve perfilada a favor de la producción de escritores y escritoras empeñados en consolidar las adquisiciones de su nueva estructura y de su remozado espíritu –llama ahora la atención una mayor presencia de la mujer en estas lides– de tal manera que, trabajando codo a codo, reconstruyen y edifican el futuro de la letras, procurando imponerle un rótulo que proclame las pautas de su contenido y forma, al mismo tiempo. Pero, desde otro punto de vista y otro plano, el plano del populismo, por decirlo de alguna manera, propalan un mensaje diferente que quizá recién va cobrando forma, de acuerdo a los nuevos elementos que delinean el gusto literario de nuestros días.

 

Luego, abstracción hecha de la temática de la guerra, que hizo carne en la postguerra y durante la guerra fría, dominan los ritornelos argumentales sobre la persecución, así sea cuesta arriba, de los caros ideales norteamericanos, que ahora ignoran el paso de las generaciones, al filo de la obsesiva idealización de los valores humanos ganados a pulso, y a veces a campo traviesa. Sin olvidar el cuidado preventivo de ellos, ante el avasallante empuje de la tecnología.

 

Con arreglo a estos factores y rastrillando, por así decirlo, el vasto terreno de las proclividades y los objetivos logrados, casi al llegar a nuestros días, se puede decir que fue logrado orientar el pensamiento americano, en un sentido definido, gracias al determinismo que ejercen la creatividad, la imaginación, y hasta la fantasía. Hay que añadir que ello entra en combinación con las propuestas ideológicas de quienes creen en ese ideario, tanto en términos de recurso teorizante como de herramienta que simplifica el trabajo y la acción. Así quedaron delineadas la estructura y la trama de lo que, ya en los tiempos de Steinbeck, se decía representaba una escuela dotada de fuertes influencias domésticas, así como la facultad de originar repercusiones externas, en Europa para ser exactos. Lo primero, se vislumbra en el ejemplo entresacado de otras expresiones de similar connotación, caso de la novela Tortilla Flat, en la cual el autor pinta las alegrías y padecimientos de unos inmigrantes mejicanos en Monterrey. Lo segundo, se palpa leyendo obras de autores franceses o españoles, que dejan percibir claras reminiscencias del estilo y alcances de las últimas obras de John dos Pasos, caso de la trilogía titulada USA, integrada por tres relatos de gran impacto en este orden de cosas. Igualmente, El Paralelo 42,  Aventuras de un joven y El país elegido, dejan la sensación de que por allí fueron bien asimiladas sus cualidades y quizá también sus debilidades.

 

El patrón novelístico conformado en Estados Unidos a lo largo de las nutridas incidencias del periodo contemporáneo, alanzó su perfil definido al ritmo impuesto por la marcha de los acontecimientos en el orden social y cultural, habiendo acusado, paralelamente, los embates de la época, entre los que destaca el avance de la tecnología que, se quiera o no, dejo su huella en todos los campos del quehacer humano, sin que el de las ciencias y las artes hayan sido la excepción.

 

Ese patrón está ya expuesto y para seguir su derrotero a lo largo de los últimos lustros, nada mejor que un recuento de autores y obras concurrentes al proceso ventilado durante los años recientes. Comenzando con Pearl Buck, que para muchos debiera estar ubicada codo a codo junto de los Hemingway y los Fitzgerald, la somera revista encontrará nombres no tan altisonantes como los del cenáculo de París, pero meritorios por ser los de quienes continuaron transitando el derrotero por aquellos trazado. Galardonada con el Nobel de Literatura, en 1933 y así trayendo ese premio por segunda vez a su país natal, Buck es dueña de una prosa rica desde el punto de vista estético, presta a explorar otros terrenos como el de lo exótico y lo inesperado –vivió y escribió durante mucho años en China– como lo proclama en La Buena Tierra, Hoy día y por siempre, entre una veintena de títulos por ella editados. 

 

Luego, se llega al periodo de la consolidación de las adquisiciones del pasado, siguiendo la huella dejada por los novelistas de elegante dicción, de profundo conocimiento del hombre y sus avatares, de culto a las bondades del estilo proclamado, de la belleza de la palabra, del acertado uso de ella. Así fueron los enaltecedores de las justas literarias ventiladas a lo largo de dos guerras mundiales y sus respectivas post-guerras, así fue la vibrante novelística contemporánea, al filo de los años 70 y subsiguientes. inspiradora de  de las generaciones que aún producen ficción nuestros días.

 

Así se llega a considerar autores que tratan de imprimir en sus novelas, el sabor y la enjundia desplegada por aquellos maestros que les precedieron. Son muchos, y basta con citar un puñado de ellos, sin ir a una consideración analítica de los alcances de sus relatos. Jack Offenberg, de quien se llegó a afirmar que logra reunir las virtudes del narrador realista, con las del crítico incisivo, por ejemplo, es autor de una novela muy leída en su momento, No siembres con odio, y otra que sin desmecerla en calidad y contenido, no lo fue tanto, Un héroe para Regis. Está también Henry Bellaman, autor de King Row y Eugenia Grandet, de gran acogida por el público lector de los años 80 a esta parte.

 

 En la reminiscente mención, se tendrá necesariamente que citar a novelistas de una trascendencia algo más velada, pero que coadyuvaron al grupo de los que integrando la primera línea, años atrás, entregaron los aportes ideológicos y estilísticos que fisonomizaron la narrativa de nuestros días. Si bien aquellos novelistas, llamémoslos de retaguardia, no se distinguieron por la profundidad y trascendencia de su aporte, sino porque lograron sintonizar con el gusto de las masas a tiempo de conquista al grueso de las audiencias. Tuvieron notorios éxitos editoriales, mientras las múltiples ediciones de sus obras se acompañaban, casi siempre, de  impresionantes tirajes. La perspectiva del éxito se midió, entre tanto, a través de las re-ediciones y los registros de la popularidad –“best-sellers a granel de por medio– antes que por los valores específicamente literarios.

 

 Sam Slaughter, es un novelista que logró un claro éxito a poco de haber incursionado en las letras, alternativamente con el ejercicio de su profesión de médico. El tema de sus novelas era, como no podía ser de otra manera, el de las historias de médicos cuyo entorno preferido era, por su puesto, el hospital. A modo de ejemplo citamos una de ellas, quizá la más leída, la titulada Sublime obsesión, por cierto de muy entretenida y amena facción.

 

Howard Fast, autor de El Legado y Segunda generación, se forjó una sólida reputación acudiendo al pionerismo recurrente –quizá inspirado en los escritos dejados por autores del lejano pasado– y da cuenta de la consolidación del espíritu americano, a través de los avatares y triunfos de una familia de raigambre advenediza, cuyos miembros desperdigados en tres sucesivas generaciones, cumplen un tránsito lleno de triunfos y fracasos, ahogados en la soberbia o enaltecidos en la virtud.  Una zaga que hace historia y ficción entremezcladas, teniendo fijado el centro de la acción relatada, en la ciudad de San Francisco.

 

Michael Crichton, en un autor que cultiva temas de ciencia ficción, que en nuestros días gozan de creciente popularidad, mezclándolos en sus novelas con los de pura acción, tal como lo exige el gusto de un gran sector de lectores de la actualidad. Es autor de The Sphere, The Andrómeda Strain, entre otros relatos.

 

El panorama se amplía cuando nos proponemos no dejar al margen de la mención, a ninguno de los integrantes del festín literario que se produjo cuando los elementos remanentes de la euforia de los años 60, hicieron reverdecer sus logros. En tal orden de cosas citaremos escuetamente a  Michael Crichton, Clive Irving, Evan Hunter y Storm Jameson, sin que ello quiera decir que por detrás no haya una larga hilera de nombres y obras del mismo nivel y, lo que es más, dotados de idénticas pretensiones. 

 

En fin, se podría redondear esta reseña, reservando un párrafo a la cuestión de las novelistas de sexo femenino, en esta etapa contemporánea. Sobre todo en las últimas décadas, Estados Unidos pareciera haberse constituido en coto preferido de ellas, pues forman legión desde la ya mencionada Pearl Buck, en la década de los 40. De manera que hoy día, el panorama de la novela contemporánea en Estados Unidos, se halla atosigado por la renovada presencia de numerosas novelistas del sexo femenino, algunas de las cuales despliegan un genuino y, en verdad, notable talento.  

 

No es para olvidar el entonces llamado fenómeno Grace Metalius, autora relativamente desconocida hasta el día en que lanzó una novela titulada Peyton Place, un relato que entremezclaba cierto humanismo conflictivo –rescatado del texto, sin esfuerzo alguno– con lo que alguien calificara, tal vez muy a la ligera, de “pornografía disfrazada de realismo”. Sea como sea, y a titulo de mentís a la polémica surgida ante la primera edición de la novela, ésta alcanzó tirajes record para su tiempo y fue la obra de ficción que más rápidamente se vendió, desde que se inventó la imprenta.

 

Quedaría por identificar, ya en otro nivel, a novelistas que en su momento acapararon lectores y seguidores a granel, como Jacqueline Susan, autora de un par de novelas con claros tintes eróticos: Una vez no basta, El Valle de las Muñecas además de otras que hablan reiteradamente del drama de la vida y la potencia del amor, en las nada platónicas lides que se relatan. En nuestros días, esta tradición novelística de autoras de éxito, está encabezada por Nora Roberts, prolífica creadora de docenas de novelas, que de una u otra manera –entre abundoso romance y espaciosos lances de suspenso y misterio-- completan la obra de esa enorme familia de autoras estadounidenses fundada, entre otras ya mencionadas, por Margaret Mitchell, la de la famosa Lo que el viento se llevó, que no se merece, en verdad, ser relegada al olvido.

(*) De la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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