La profusión y el número no siempre significan
calidad y esta máxima se aplica a diversos campos de la actividad
creativa. En el de las letras –valga el ejemplo– un flujo de producción
importante y consecuente, no siempre lleva en la consolidación de una
corriente, por decir lo menos, tampoco desemboca sueltamente en la
cristalización de ponencias, pautas o corrientes estilísticas. Para que
ello ocurra, generalmente se hace necesaria la presencia, ya sea
sistemática o aleatoria pero siempre vital, de la chispa generadora de
lo genuino, íntimamente unida a lo trascendente de la idea y lo
auténtico de la forma, sin evadirse de los parámetros de la estética.
El caso de la novela norteamericana de comienzos de
Siglo a esta parte, viene a plantear una suerte de confirmación a este
adagio, al propio tiempo que una excepción a la socorrida regla que
preconiza. Veamos porqué.
Antes que nada, se debe dejar establecida la
influencia de esos factores ajenos a la narrativa que suelen incidir –ya
sea positiva o negativamente– en el proceso de su consolidación. Su
determinismo, en el caso del proceso literario que encaramos, es notorio
y no se le puede negar protagonismo. Ahora bien, la narrativa
norteamericana contemporánea, arranca del momento en que la nación se
enfrascó en la batalla por lograr su verdadera identidad, tomando en
cuenta el hibridismo social –al margen del factor inmigratorio que
empezó a pesar como algo ligado a su origen– al que se sumó el factor de
la esclavitud, pronto a ventilarse en una cruenta guerra civil. Menuda
problemática social que, como consecuencia casi inmediata, pesó no sólo
en la actividad literaria, sino en la cultural, globalmente considerada.
La influencia anglosajona que le venía de cajón, por sobre la influencia
de otros grupos étnicos minoritarios, no impidió que allí se forme una
conciencia nacionalista, no del todo alejada de los otros factores
raciales en juego. Así se compaginó el rótulo cultural que empezó a
ostentar el americano, orgulloso de la nueva sociedad que asomaba en el
horizonte. Previamente, vino la consolidación en el campo político, como
consecuencia del ordenamiento impuesto por la capacidad expansiva del
coloso en ciernes y fue algo después que la imagen cultural cobró
perfiles netos, después que fuera definida y clarificada la cuestión
social y luego que fuera, a su vez, definida la proyección de la
nacionalidad en el mapa.
Contemplando el panorama literario global y el de la
novela en particular, se percibe, de primera mano, la clara influencia
ejercida en esta por aquellos avatares político-sociales, al
transmitirle aquellas dudas y tropiezos que de comienzo desdibujaron su
imagen. El porqué y cómo, quizá podrían vislumbrarse si retrocedemos un
poco en el tiempo, para citar al mismísimo romanticismo, que en la
Europa de sus mayores, marcó el zenit de las euforias emocionales,
generando un torrente literario que inundó las letras y otras
manifestaciones similares con Victor Hugo o Charles Dickens, para citar
un par de autores. En Estados Unidos, sólo hubo un tímido atisbo
despersonalizado e incoloro con Longfellow y Stowe y hasta con Nathaniel
Hawthorne. Incluso, ahí está la célebre “Cabaña del tío Tom” como
expresión testimonial de las complejidades encaradas por la sociedad
norteamericana, con su heterogeneidad, unida el problema del esclavismo.
Beecher Stowe, enfatizó en esto último, lanzando importantes
interrogantes sobre el destino de esa sociedad. Veremos posteriormente
que esto último constituyó, para la novela norteamericana contemporánea,
una especie de imperativo textural antes que simplemente temático.
Se puede decir, sin pensarlo dos veces, que la novela
contribuyó con ciertos acordes a la tónica general del himno que
entonaba la nación al pionerismo, con las consignas de la marcha masiva
hacia el oeste y, figuradamente, el himno a la conquista de otros
valores no palpables, pero igualmente trascendentes. Ninguna de la
facetas del espíritu norteamericano se libraron del peso de este factor,
y así de pronto, la novela se vio confundida entre relatos dotados de
fuertes acentos épicos, en un claro intento de cantar adecuadamente al
espíritu de conquista en su más amplio y bivalente sentido.
El entramado íntimo de las expresiones novelísticas
contemporáneas, en Estados Unidos, reconoce esos antecedentes y por eso
su fisonomía se ilumina exteriorizándolo a través del canto a las
generaciones que conformaron la nueva sociedad. Allí son perfectamente
identificables, las notas agudas con que se intenta delineas su linaje
polícromo, su vocación conciliadora en la lucha racial y cultural,
además de su natural respeto a los valores positivos de la vida. A
partir de ese momento, la novela –más como vehículo que como finalidad–
se movió dentro de un esquema ideológico positivista, con la plena
aceptación de los destinos del nuevo hombre americano, que acabó de
emerger de en medio de los avatares y sobresaltos que mecieron su cuna.
Los novelistas norteamericanos del Siglo XX, adoptaron una posición que
va rondando alrededor de las interrogantes ideológicas y también de las
materialísticas, con una insistencia que abarca el periodo de dos
guerras mundiales, una crucial guerra fría y la actualidad. Una de las
preocupaciones reiterativas, es la suerte del nuevo prototipo creado por
el nuevo estilo de vida, y la nueva concepción de la modernidad, donde
se ventilan las virtudes o fallas del sistema norteamericano aplicable
al plano universal. Este no es solo asunto temático para los novelistas
norteamericanos y, por extensión, de los de más allá, como que al
superarse el periodo de “la denuncia” extraliteraria o social, la novela
norteamericana cobró otra dimensión, cuyos antecedentes están,
mayormente, en Faulkner, Wallace y Fitzgerald.
Diciéndolo de otra manera, la narrativa
estadounidense en este periodo, salió de los ámbitos domésticos,
incluida la cuestión del pionerismo, para proyectarse más allá de sus
fronteras. Al fin y al cabo, los problemas del hombre norteamericano
asociados o derivados del ordenamiento que impone la época –por no decir
la moda– son prácticamente los mismos, en nuestros días, para el hombre
de cualesquier latitud.
Con tales elementos en su entramado, empezó a
delinearse una fuerte corriente novelística cuyo perfil algo anguloso y
discordante para el gusto de la época, parecía impresionar como algo
recio e inmutable, con miras a la posteridad. Pronto surgió la radiante
presencia de un puñado de autores estadounidenses, paradojalmente
afincados en Europa, nada menos que en París, ciudad considerada en esos
días por muchos –comienzos de la década de los treinta– como antinómica
del espíritu americano. El grupo, llamado a imprimir sus huellas en la
narrativa norteamericana de las siguientes décadas, hasta nuestros días,
estuvo constituido por autores que provocaron , y siguen haciéndolo,
fuertes resonancias en toda la novelística contemporánea Se trata de
John Steinbeck, el de Camaradas errantes, El pony colorado, y
Las praderas del cielo, trilogía que destacó netamente de entre las
demás obras del autor, sin que se deba dejar de mencionar las famosas
Viñas de ira, llevadas al cine en los días de auge de Hollywood.
Está luego William Faulkner, dramaturgo antes que
novelista, que, ostentando el Premio Novel de Literatura 1942 aportó con
una brillante trilogía –Santuario, La paga de los soldados, y
El sonido y la furia– de una manera efectiva a la emergencia y
reafirmación de la llamada escuela americana, empeñada en imponer un
estilo y un ideario basados en una nueva interpretación de la realidad
cultural y social del momento. Esta última es, a no dudarlo, notable
tanto por su original tema, como por la influencia que acusa de El
Ulyses y, para muchos hasta de Emilio Zolá, seguramente por ciertas
reminiscencias naturalistas que se asoman en sus páginas, fruto de un
afán descriptivo detallista y pormenorizado del entorno.
Durante esos auspiciosos días para la literatura
americana, se vinculó al cenáculo e los pioneros, James Joyce, aquel
formidable bohemio y “poeta maldito” –así calificado en un claro intento
de vincularlo a Verlaine– que acababa de publicar el citado Ulyses,
“la mayor de las obras novelísticas de habla inglesa” de este periodo.
Fue acogido en el grupo en su calidad, no de americano, sino de “amigo
irlandés a medias”.
Otro cofrade del movimiento fue Ernest Hemingway,
hispanófilo por vocación, pero yankee ciento por ciento por su estilo de
vida, pero mayormente por su fe en el papel y destino del nuevo hombre
arribado a la tierra de sus mayores. Autor de Adiós a las armas,
notable relato ficcional que escribió al término de la I Guerra Mundial,
como un convincente y emotivo alegato contra la guerra, de gran impacto
en los días de la Liga de las Naciones.
Completando este brillante puñado de arquitectos
literarios están John dos Pasos, Eugenio O’Neil, Scott Fitzgerald,
Sherwood Anderson y algunos otros , que escapan a la memoria, En
conjunto, formaban un auténtico cenáculo medio bohemio por la evocación
de Murguer, medio burgués por las naturales proclividades del genio
yankee a los goces de la vida. Al decir de Ricardo Paseyro, la cofradía
fue convocada por insistentes requerimientos de Ezra Pound, autor de
XVI Cantos –una expresión más lírica que narrativa– a cuya
iniciativa se dio la “señal de la invasión” americano-literaria al París
de los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Hay que anotar que, en
realidad, fue un personaje femenino el que aglutinó el heterogéneo
conjunto. Se llamó Sylvia Beach, y su nombre lo recogió la historia y la
anécdota, por su papel en el cenáculo, que fue efectivo al brindar su
librería llamada Shakespeare y Cía, como sede y guarida del grupo
de escritores. Allí se comercializaban las publicaciones que acogían los
escritos de los autores americanos, tales como The Palestra, The
Exile, Transition, que contienen alguna “joyas” de esa producción.
Según expresión del ensayista J. J. Turner recogida por Silverio Coy,
esta experiencia –la del aporte del grupo a la novelística americana–
“ha quedado íntimamente entretejida en los entramados del pensamiento
americano”. Además, ese determinismo, el de la narrativa americana,
viene a evocar, en un plano ciertamente diverso, pero no carente de
efectividad, la imagen de los pioneros que edificaron la incipiente
unidad nacional, fracturando la inviolabilidad de las posiciones
foráneas, así como se fracturan en nuestros días los dogmatismos del
Siglo XX.
Como los abetos californianos, la entroncada
narrativa norteamericana de esos días –no muy lejanos en la perspectiva
literaria– emitieron ramas y renuevos. Una vez que la narrativa y la
ficción pudieron aflojar los ligamentos mediatos e inmediatos, como la
hibridez cultural, la recomposición social consecuente con la diversidad
étnica y la demasiada enfatización en sus consecuencias proyectadas a la
vida real, la producción se hizo más fluida, más natural. He aquí que en
el curso de la búsqueda, y a renglón seguido, nos tropezamos con una
nueva eclosión novelística dotada de la misma dinámica, pero con
variantes conceptuales e innovaciones estilísticas que tomaron cuerpo.
El impresionante caudal de producción ejerce un extraordinario impacto,
y se refleja en los formidables tirajes que cubren las imperiosas
demandas de los modernos lectores.
La nueva narrativa se ve perfilada a favor de la
producción de escritores y escritoras empeñados en consolidar las
adquisiciones de su nueva estructura y de su remozado espíritu –llama
ahora la atención una mayor presencia de la mujer en estas lides– de tal
manera que, trabajando codo a codo, reconstruyen y edifican el futuro de
la letras, procurando imponerle un rótulo que proclame las pautas de su
contenido y forma, al mismo tiempo. Pero, desde otro punto de vista y
otro plano, el plano del populismo, por decirlo de alguna manera,
propalan un mensaje diferente que quizá recién va cobrando forma, de
acuerdo a los nuevos elementos que delinean el gusto literario de
nuestros días.
Luego, abstracción hecha de la temática de la guerra,
que hizo carne en la postguerra y durante la guerra fría, dominan los
ritornelos argumentales sobre la persecución, así sea cuesta arriba, de
los caros ideales norteamericanos, que ahora ignoran el paso de las
generaciones, al filo de la obsesiva idealización de los valores humanos
ganados a pulso, y a veces a campo traviesa. Sin olvidar el cuidado
preventivo de ellos, ante el avasallante empuje de la tecnología.
Con arreglo a estos factores y rastrillando, por así
decirlo, el vasto terreno de las proclividades y los objetivos logrados,
casi al llegar a nuestros días, se puede decir que fue logrado orientar
el pensamiento americano, en un sentido definido, gracias al
determinismo que ejercen la creatividad, la imaginación, y hasta la
fantasía. Hay que añadir que ello entra en combinación con las
propuestas ideológicas de quienes creen en ese ideario, tanto en
términos de recurso teorizante como de herramienta que simplifica el
trabajo y la acción. Así quedaron delineadas la estructura y la trama de
lo que, ya en los tiempos de Steinbeck, se decía representaba una
escuela dotada de fuertes influencias domésticas, así como la facultad
de originar repercusiones externas, en Europa para ser exactos. Lo
primero, se vislumbra en el ejemplo entresacado de otras expresiones de
similar connotación, caso de la novela Tortilla Flat, en la cual
el autor pinta las alegrías y padecimientos de unos inmigrantes
mejicanos en Monterrey. Lo segundo, se palpa leyendo obras de autores
franceses o españoles, que dejan percibir claras reminiscencias del
estilo y alcances de las últimas obras de John dos Pasos, caso de la
trilogía titulada USA, integrada por tres relatos de gran impacto
en este orden de cosas. Igualmente, El Paralelo 42, Aventuras de un
joven y El país elegido, dejan la sensación de que por allí
fueron bien asimiladas sus cualidades y quizá también sus debilidades.
El patrón novelístico conformado en Estados Unidos a
lo largo de las nutridas incidencias del periodo contemporáneo, alanzó
su perfil definido al ritmo impuesto por la marcha de los
acontecimientos en el orden social y cultural, habiendo acusado,
paralelamente, los embates de la época, entre los que destaca el avance
de la tecnología que, se quiera o no, dejo su huella en todos los campos
del quehacer humano, sin que el de las ciencias y las artes hayan sido
la excepción.
Ese patrón está ya expuesto y para seguir su
derrotero a lo largo de los últimos lustros, nada mejor que un recuento
de autores y obras concurrentes al proceso ventilado durante los años
recientes. Comenzando con Pearl Buck, que para muchos debiera estar
ubicada codo a codo junto de los Hemingway y los Fitzgerald, la somera
revista encontrará nombres no tan altisonantes como los del cenáculo de
París, pero meritorios por ser los de quienes continuaron transitando el
derrotero por aquellos trazado. Galardonada con el Nobel de Literatura,
en 1933 y así trayendo ese premio por segunda vez a su país natal, Buck
es dueña de una prosa rica desde el punto de vista estético, presta a
explorar otros terrenos como el de lo exótico y lo inesperado –vivió y
escribió durante mucho años en China– como lo proclama en La Buena
Tierra, Hoy día y por siempre, entre una veintena de títulos por
ella editados.
Luego, se llega al periodo de la consolidación de las
adquisiciones del pasado, siguiendo la huella dejada por los novelistas
de elegante dicción, de profundo conocimiento del hombre y sus avatares,
de culto a las bondades del estilo proclamado, de la belleza de la
palabra, del acertado uso de ella. Así fueron los enaltecedores de las
justas literarias ventiladas a lo largo de dos guerras mundiales y sus
respectivas post-guerras, así fue la vibrante novelística contemporánea,
al filo de los años 70 y subsiguientes. inspiradora de de las
generaciones que aún producen ficción nuestros días.
Así se llega a considerar autores que tratan de
imprimir en sus novelas, el sabor y la enjundia desplegada por aquellos
maestros que les precedieron. Son muchos, y basta con citar un puñado de
ellos, sin ir a una consideración analítica de los alcances de sus
relatos. Jack Offenberg, de quien se llegó a afirmar que logra reunir
las virtudes del narrador realista, con las del crítico incisivo, por
ejemplo, es autor de una novela muy leída en su momento, No siembres
con odio, y otra que sin desmecerla en calidad y contenido, no lo
fue tanto, Un héroe para Regis. Está también Henry Bellaman,
autor de King Row y Eugenia Grandet, de gran acogida por
el público lector de los años 80 a esta parte.
En la reminiscente mención, se tendrá necesariamente
que citar a novelistas de una trascendencia algo más velada, pero que
coadyuvaron al grupo de los que integrando la primera línea, años atrás,
entregaron los aportes ideológicos y estilísticos que fisonomizaron la
narrativa de nuestros días. Si bien aquellos novelistas, llamémoslos de
retaguardia, no se distinguieron por la profundidad y trascendencia de
su aporte, sino porque lograron sintonizar con el gusto de las masas a
tiempo de conquista al grueso de las audiencias. Tuvieron notorios
éxitos editoriales, mientras las múltiples ediciones de sus obras se
acompañaban, casi siempre, de impresionantes tirajes. La perspectiva
del éxito se midió, entre tanto, a través de las re-ediciones y los
registros de la popularidad –“best-sellers a granel de por medio– antes
que por los valores específicamente literarios.
Sam Slaughter, es un novelista que logró un claro
éxito a poco de haber incursionado en las letras, alternativamente con
el ejercicio de su profesión de médico. El tema de sus novelas era, como
no podía ser de otra manera, el de las historias de médicos cuyo entorno
preferido era, por su puesto, el hospital. A modo de ejemplo citamos una
de ellas, quizá la más leída, la titulada Sublime obsesión, por
cierto de muy entretenida y amena facción.
Howard Fast, autor de El Legado y Segunda
generación, se forjó una sólida reputación acudiendo al pionerismo
recurrente –quizá inspirado en los escritos dejados por autores del
lejano pasado– y da cuenta de la consolidación del espíritu americano, a
través de los avatares y triunfos de una familia de raigambre
advenediza, cuyos miembros desperdigados en tres sucesivas generaciones,
cumplen un tránsito lleno de triunfos y fracasos, ahogados en la
soberbia o enaltecidos en la virtud. Una zaga que hace historia y
ficción entremezcladas, teniendo fijado el centro de la acción relatada,
en la ciudad de San Francisco.
Michael Crichton, en un autor que cultiva temas de
ciencia ficción, que en nuestros días gozan de creciente popularidad,
mezclándolos en sus novelas con los de pura acción, tal como lo exige el
gusto de un gran sector de lectores de la actualidad. Es autor de The
Sphere, The Andrómeda Strain, entre otros relatos.
El panorama se amplía cuando nos proponemos no dejar
al margen de la mención, a ninguno de los integrantes del festín
literario que se produjo cuando los elementos remanentes de la euforia
de los años 60, hicieron reverdecer sus logros. En tal orden de cosas
citaremos escuetamente a Michael Crichton, Clive Irving, Evan Hunter y
Storm Jameson, sin que ello quiera decir que por detrás no haya una
larga hilera de nombres y obras del mismo nivel y, lo que es más,
dotados de idénticas pretensiones.
En fin, se podría redondear esta reseña, reservando
un párrafo a la cuestión de las novelistas de sexo femenino, en esta
etapa contemporánea. Sobre todo en las últimas décadas, Estados Unidos
pareciera haberse constituido en coto preferido de ellas, pues forman
legión desde la ya mencionada Pearl Buck, en la década de los 40. De
manera que hoy día, el panorama de la novela contemporánea en Estados
Unidos, se halla atosigado por la renovada presencia de numerosas
novelistas del sexo femenino, algunas de las cuales despliegan un
genuino y, en verdad, notable talento.
No es para olvidar el entonces llamado fenómeno Grace
Metalius, autora relativamente desconocida hasta el día en que lanzó una
novela titulada Peyton Place, un relato que entremezclaba cierto
humanismo conflictivo –rescatado del texto, sin esfuerzo alguno– con lo
que alguien calificara, tal vez muy a la ligera, de “pornografía
disfrazada de realismo”. Sea como sea, y a titulo de mentís a la
polémica surgida ante la primera edición de la novela, ésta alcanzó
tirajes record para su tiempo y fue la obra de ficción que más
rápidamente se vendió, desde que se inventó la imprenta.
Quedaría por identificar, ya en otro nivel, a
novelistas que en su momento acapararon lectores y seguidores a granel,
como Jacqueline Susan, autora de un par de novelas con claros tintes
eróticos: Una vez no basta, El Valle de las Muñecas además de
otras que hablan reiteradamente del drama de la vida y la potencia del
amor, en las nada platónicas lides que se relatan. En nuestros días,
esta tradición novelística de autoras de éxito, está encabezada por Nora
Roberts, prolífica creadora de docenas de novelas, que de una u otra
manera –entre abundoso romance y espaciosos lances de suspenso y
misterio-- completan la obra de esa enorme familia de autoras
estadounidenses fundada, entre otras ya mencionadas, por Margaret
Mitchell, la de la famosa Lo que el viento se llevó, que no se
merece, en verdad, ser relegada al olvido.